LOS TRITURADORES por Mario Dávalos-Perdomo

Hace rato que vengo pintado historias. Veo la pintura, mi pintura, desde varios puntos de vista, en algunos casos contradictorios. Por un lado estoy obsesionado con el proceso de pintar, con el intervalo de tiempo que transcurre cuando estoy frente al lienzo, con él y en él…

Por otro lado mis pinturas cuentan historias, son narraciones largas y complejas sintetizadas en una imagen.

La belleza de la narrativa es el paso del tiempo. Cuando una historia tiene principio, desarrollo y final, es porque un pedazo de tiempo pasa por encima de ella y entonces la pintura pasa a ser un fotograma del tiempo en pleno movimiento y eso, también es “el proceso”.

Este cuerpo de obra tiene tres puntos de nacimiento paralelos. Está el cuerpo de trabajo que nace de mi preocupación con la dentadura y una fecha muy específica: verano 1988, donde por una cadena de eventos caí sobre un contén y perdí mis dos frontales. Ese hecho tendría luego una contundente repercusión sobre la forma en que concibo la memoria y por supuesto, todos los subproductos de la dentadura: sonrisas, mordidas, identidades… aunque sólo 15 años después tuve la distancia y la calma necesaria para poder enfrentarme con esa imagen.

Otra parte de estas piezas nace de un objeto dejado por accidente en mi estudio: un gancho de pelo. Una amiga dejó sobre un taburete en mi estudio un objeto punzante y zoomorfo, que me cautivó de sobremanera por ninguna razón lógica, sino más por una atracción inexplicable son su apariencia de pez o de pájaro. Este objeto pasaría a convertirse en una máscara para todas mis historias. Un “whipping boy” para las locuras, tragedias y comedias que quería y quiero contar, permitiéndome así tener un conjunto de narraciones unidas por un protagonista que asume responsabilidades, aplausos y castigos. El tercer punto de nacimiento es el más antiguo de los tres, y nace en mi llegada a Nueva York en el 2001.